Occidente dejó atrás a Dios. Yo no diría que lo mató, porque conserva parte de su influencia, pero la mayor parte de la población del mundo occidental perdió lo que los antiguos llamaban el temor de Dios.
En realidad el cambio se retrasó bastante. Durante todo el siglo XIX, mientras diversos filósofos tildaban a Dios de fantasía, de elemento represor de las pasiones, de instrumento de opresión política; el continente seguía llena de beatos, aunque sin la beligerancia de siglos anteriores. Por alguna razón se había relajado y permitieron que los ateos gozaran de prestigio intelectual en lugar de perseguirlos o marginarlos como hubiesen hecho sus antepasados. Al principio se mantuvo tal cual estaba, y demostró una gran resistencia, tuvo que llegar la sexta década del siglo siguiente para que la transformación se volviese innegable.
Pero la idea no era simplemente negar a Dios, sino sustituir a Dios. Sustituir el cristianismo por una doctrina que inspirase un nuevo orden social que daría a la humanidad la felicidad aquí y ahora. Para los ilustrados que aún no eran ateos, sino deístas, la razón acabaría con las tinieblas. Marx no propugnaba solamente la igualdad en el comunismo, sino que en este estadio el hombre dejaría de estar alienado, viviendo para sí mismo lo que le proporcionaría una vida plena, en lo que coincidía con los anarquistas, por más que discrepara en sus métodos. Nietzsche, si bien no clamaba por la felicidad, creía que el dominio de los fuertes engendraría una vida digna de ser vivida.
Todos resultaron ser un fraude. Las democracias liberales participaron alegremente en la gran carnicería de la primera guerra mundial. Si bien su sistema es el menos odioso, las masas siguen aborregadas a pesar de la alfabetización. Lo más parecido que proporciona a la felicidad es un placebo llamado consumo.
El socialismo sería comprensible si solo hubiera fracasado en términos económicos. Pero la matanza de millones (si bien no tantos como dicen en ciertos libelos) de hombres en nombre de la liberación del hombre es la más horrible ironía de la historia.
Otras formas de liberación personal dejaron un mundo menos represivo, pero sí mas cruel y angustioso. El aumento de la actividad sexual, si bien es algo bueno, es un pobre consuelo para una civilización que no ha logrado superarse a sí misma en casi todo lo demás.
Y así, después de un largísimo viaje para terminar casi donde empezamos, hemos chocado contra el muro de la limitación humana. Solo podemos mejorar hasta cierto punto; no podemos ser libres de la ignorancia, de la violencia, de la enfermedad, de la fealdad. No habrá mañana brillante. Y ahora sabemos que no hay nada después, que el valle de lágrimas es real, más no lo es el paraíso celestial. Y aún cuando nos beneficiara ya no podemos volver atrás ahora que la desilusión se ha despejado, como intentan desesperadamente Benito XVI y otros. Y si lo hicieramos estaríamos interpretando una imitación patética, una parodia.
He aquí el horror. Que al final de la civilización occidental no hay nada.
lunes, 14 de julio de 2008
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